De Perlas y Mercaderes, una lectura sobre la obra La Perla del Mercader de Alfredo Valenzuela Puelma

 En un delicado gesto, el mercader retira el velo que cubre a la mujer. Ella, con un último gesto de la mano, intenta sostener el velo por sobre su cabeza mientras aparta la mirada. Ambos personajes ocupan la mayor parte de la obra, se encuentran completamente solos y su entorno nos evoca el contexto de medio oriente. Los cansados ojos del mercader nos miran de frente, mientras que la mujer se repliega, agazapada sobre sí. Entre ellos y nosotros, un incensario expulsa un tenue hilo de humo transparente, el cual tiene, a su vez, la misma textura y color de la tela que devela a la mujer.

La obra es La perla del mercader y el autor Alfredo Valenzuela Puelma, uno de los cuatro maestros de la pintura chilena. Se trata de un óleo de grandes dimensiones pintado durante su primera estadía en París en 1884, gracias a una beca entregada por el Estado de Chile. El autor había nacido en Valparaíso y fue estudiante de la Academia de Pintura. Fue un perfeccionista incansable, dueño de una técnica prodigiosa y de una curiosa personalidad. Tras su llegada a Francia en 1881, rindió y aprobó todas las pruebas de ingreso para estudiar en la Academia de Artes de París, sin embargo, rechazaría en última instancia la plaza que se le ofreció prefiriendo, en cambio, el estudio informal y el aprendizaje autodidacta.

Es así como pasaría sus días caminando por las calles de París, empapándose de los paisajes y la cultura, absorto en los museos, donde vería y estudiaría profundamente a maestros del renacimiento y del barroco como Rafael y Velásquez. Sus noches en cambio las pasaría estudiando al alero de Jean-Joseph Benjamin Constant, maestro que le traspasaría su fascinación por el orientalismo pictórico.

Valenzuela Puelma crearía su obra Marchand d’ esclaves para el gran salón de París de 1885, instancia donde la pintura sería ovacionada por el público. Una reacción que el artista esperaba ver replicada en su tierra natal, no obstante, los sectores más conservadores de la sociedad chilena y la iglesia generarían un fuerte rechazo a la obra, renombrada como La Perla del Mercader, argumentando que se trataba de una obra inmoral y obscena.

Dolido por este rechazo, el artista conseguiría más tarde vender su obra a don Eusebio Lillo, el mismísimo creador de la letra de nuestro himno nacional quien, además, era un entusiasta admirador del trabajo de Valenzuela Puelma, quien, con el dinero de esta venta y una segunda beca estatal, volvería a Francia por algunos años.

A su regreso, el autor se afincaría por algunos años en Valparaíso como gestor y administrador del teatro Victoria y exposiciones de arte. Valenzuela Puelma emprendería así en 1907 un último viaje a París, en el que sufriría una crisis vinculada a su ya deteriorado estado de salud mental. El pintor sería internado en el sanatorio de Villejuif, lugar en que finalmente y en completo abandono moriría en 1909.

Volvemos a la pintura. El humo, que se disipa en el límite bidimensional de su mundo y el nuestro no es, sino, esa cuarta pared que, cual ventana, nos permite asomar la mirada al universo pictórico de Valenzuela Puelma. Como gran admirador de Velásquez, el pintor difícilmente sería ajeno a la idea de interpelar directamente al espectador desde la superficie del cuadro, cosa que el mercader parece hacer ante la ausencia de otros personajes en la escena.

Y pienso, pues, ¿es acaso la mujer la perla de este mercader? ¿O quizás es la conciencia que este parece tener de su propia existencia y de la nuestra aquella perla que en realidad le ofrece a ella, invitándola a ver por esta ventana una vez disipado el humo? ¿Acaso Valenzuela Puelma retira también del velo que separa nuestros mundos, mientras el mercader nos lanza una mirada de incredulidad? ¿La mujer intenta evitar que la miremos o, en cambio, busca evadir mirarnos a nosotros?

Juzgue usted, pues, la naturaleza de este cuadro.



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